Dicen que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde… pero hay cosas que no es que se pierdan, es que las vamos dejando atrás sin darnos cuenta.
Por: Yulislaysis de la Caridad de la Torre Diaz, estudiante de Periodismo
Hubo un tiempo en que la vida no se medía por la prisa. Las tardes parecían más largas, las conversaciones más sinceras y las risas más frecuentes. No hacía falta planificar tanto para pasarla bien: bastaba con salir, encontrarse con alguien, y dejar que el momento hiciera lo suyo.
Hoy todo es diferente. Vivimos mirando el reloj, pendientes del próximo paso, del siguiente compromiso, de lo que “tenemos que hacer”. Y en medio de esa rutina, lo simple —eso que antes era cotidiano— se ha vuelto casi un lujo.
Ya no es tan común ver a la gente sentada conversando sin interrupciones, ni compartir sin que un celular robe protagonismo. Incluso cuando estamos acompañados, muchas veces no estamos realmente presentes.
Y no es que el tiempo haya cambiado… somos nosotros. Hemos cambiado la calma por la inmediatez, lo espontáneo por lo planificado, lo real por lo digital.
Pero hay algo interesante: cada vez más personas sienten esa nostalgia. Extrañan lo que antes daban por hecho. Extrañan desconectar, reír sin filtro, vivir sin tanta presión.
Tal vez la respuesta no está en volver atrás, porque el tiempo no regresa. Pero sí podemos recuperar pequeñas cosas: escuchar más, mirar a los ojos, regalar tiempo de verdad.
Porque al final, la vida no se trata solo de avanzar… también se trata de saber detenerse y disfrutar lo que ya tenemos, del momento, del ahora


















