Hasta siempre Cordero…

Un día llegué a la casa de Luis Cordero angustiada. Me quedaba muy poco tiempo para entregar el documento de mi tesis y necesitaba encontrar a alguien que pudiera orientarme en una investigación dedicada al accionar de la Primera Villa Cucalambeana en la preservación de la música campesina. No pude haber tocado una mejor puerta.

Luis me recibió con los brazos abiertos. Desde el primer momento me hizo sentir en confianza y, con la paciencia y la sencillez que lo caracterizaban, escuchó mi propuesta. Sobre la base del INMENSO amor que sentía por la música campesina y por la cultura popular tradicional, comenzó a compartir conmigo sus conocimientos, orgulloso de la historia, de las personas y del legado que durante tantos años ayudó a construir.

Con la misma emoción con que hablaba de la décima y de nuestras tradiciones, me mostró sus cuadros con un orgullo. En cada uno de ellos se reflejaba su sensibilidad, su amor por Cuba y el profundo sentido de pertenencia que lo acompañó durante toda su vida.

Me acompañó a recorrer hogares cucalambeanos, donde conocí a personas que conservan vivas nuestras tradiciones. Más tarde informó sobre la casa de la Décima, en Limonar, donde pude completar la información necesaria para mi investigación. Gracias a él aprendí a apreciar la décima, la improvisación y la importancia de escuchar con detenimiento cada verso.

Le estaré eternamente agradecida. Su acogida, su disposición para compartir todo cuanto sabía y la confianza que depositó en mí me dieron la tranquilidad y la seguridad necesarias para concluir con éxito mi ejercicio de culminación de estudios. Más que ayudarme con una tesis, me enseñó a amar y defender una parte esencial de nuestra cultura.

Para un radio documental necesitaba varias intervenciones en audio de diferentes personas para lograr mi propósito. La premura hizo que presionara a cada mínima oportunidad el botón de grabar. Como si fuera ayer me contó con emoción el esquisto trabajo de poetas y repentistas.

Quienes lo conocieron saben que era incansable. Siempre estaba detrás de cada detalle para que las actividades salieran bien; coordinaba con poetas, repentistas, músicos y guitarristas, convencido de que cada encuentro era una oportunidad para mantener vivas nuestras raíces. A pesar de las limitaciones propias de su avanzada edad, nunca dejó de trabajar. Con su guayabera y su sombrero visitaba a cada participante, los invitaba personalmente y hacía todo lo posible para que la música campesina continuara ocupando el lugar que merece.

En cada una de sus composiciones quedaba plasmado el inmenso amor que sentía por Cuba, el orgullo de ser cubano y el profundo respeto por su pueblo. Dedicó versos a familiares, amigos, acontecimientos y tradiciones.

Su partida deja un vacío en Perico y en todos los que tuvimos el privilegio de conocerlo.

Posdata: después de terminar de entrevistarlo escuchaba una y otra vez una décima en diferentes tonadas, cantadas por los pobladores.

 

Author: Brenda Corzo García

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