Habitar el miedo

Hay cosas que me preocupan —y me ocupan— cada vez más:
la manera en que muchos hombres jóvenes están mirando a las mujeres hoy.

Por: Yulislaysi de la Caridad de la Torre Diaz, estudiante de Periodismo.

No hablo de todos. Nunca de todos.
Pero sí de demasiados.
He vivido recientemente una experiencia que me obligó a preguntarme
en qué momento la sociedad decidió que el cuerpo de una mujer es un espacio público.
Esa noche no estaba sola.
Estaba acompañada.
Y aun así fui observada, invadida, comentada, baboseada.
Como si mi presencia fuera una invitación automática.
Como si decir “me estás molestando” no significara nada.
Primero fue uno, después dos más.
No pidieron permiso, no respetaron distancia, no midieron palabras.
Y lo más triste no fue solo el acoso,
sino el silencio alrededor:
miradas que se fueron para otro lado
para “evitar problemas”.
¿Evitar problemas para quién?
Porque el problema no es que una mujer denuncie el acoso.
El problema es que el acoso exista
y que se normalice.
Luego escuché una justificación que da vergüenza repetir:
“Había más hombres que mujeres en la fiesta”.
Como si la desproporción de género
explicara la falta de respeto.
Como si la escasez de mujeres
convirtiera a los hombres en animales sin control.
Eso no es excusa.
Eso es decadencia social.
Vivimos en una sociedad profundamente machista,
aunque muchos se empeñen en maquillarla.
Un machismo que se aprende joven,
que se hereda,
y que se disfraza de chiste, de “piropo”, de confianza.
Hombres que solo cargan el cartel de “hombre”
porque nacieron con un aparato reproductor distinto,
pero sin empatía, sin límites, sin humanidad.
Conversando con una amiga, entendí que esto no es un caso aislado.
A ella no solo la acosaron:
intentaron forzarla.
Más de una vez.
Entonces la pregunta no es
por qué nos pasa a nosotras,
sino
qué está pasando en la cabeza de ellos.
¿Qué estamos formando como sociedad?
¿Qué valores se están perdiendo?
¿En qué momento confundieron deseo con derecho?
El acoso no es halago.
La insistencia no es conquista.
Y el silencio cómplice también violenta.
Mientras sigamos justificando estas conductas,
mientras sigamos culpando a la ropa, al lugar, a la cantidad de hombres,
seguiremos criando generaciones que no saben respetar
y mujeres que aprenden a vivir con miedo.
Y eso, como país, debería avergonzarnos.

Author: Yulislaysis de la Caridad de la Torre Diaz