Hay sueños que nacen en silencio… en la infancia, en una conversación, o en un momento cualquiera en el que uno se imagina siendo algo más, viviendo algo distinto.
Por: Yulislaysis de la Caridad de la Torre Díaz, estudiante de Periodismo.
Todos, en algún punto de la vida, hemos soñado. Hemos querido ser, lograr o construir algo que nos hacía brillar los ojos solo de pensarlo.
Pero con el tiempo, la vida empieza a poner sus condiciones. Aparecen las responsabilidades, los “no es posible”, los “eso es difícil”, los “mejor busca algo seguro”… y poco a poco, sin darnos cuenta, muchos sueños empiezan a guardarse.
No porque ya no importen… sino porque empezamos a dudar de nosotros mismos.
Y es ahí donde duele. Porque no hay nada más pesado que un sueño que uno mismo decidió abandonar sin haberlo intentado del todo.
A veces nos acostumbramos a la rutina, a lo estable, a lo que no arriesga demasiado… y dejamos de lado aquello que un día nos hizo sentir vivos por dentro.
Pero los sueños no desaparecen. Se quedan ahí, en algún rincón del corazón, recordándonos en silencio lo que alguna vez quisimos ser.
Y la vida pasa… y uno se pregunta si era miedo o si era el momento equivocado.
Quizás nunca es tarde del todo. Quizás lo único que cambia es la valentía para intentarlo otra vez, aunque sea con miedo, aunque sea despacio.
Porque despues de todo lo más triste no es fallar… lo más triste es nunca haberse permitido intentar aquello que nos hacía soñar despiertos.
Foto: tomada de Pinterest

















