Cosas de café

Son múltiples los beneficios del café.En los cafés habaneros no podía faltar la escupidera. Eran locales, casi siempre esquineros, que permitían la entrada del ruido y el polvo del exterior, y donde el cliente, consumiera o no, podía dejar pasar el tiempo sin que el mesero le advirtiera que debía ahuecar el ala.

Acudía a ellos una fauna heterogénea. Parroquianos habituales y de paso. El político del barrio, el abogado en ascenso, el médico sin clientela, el cazador de chismes, el quincallero de al doblar, el profesor que aprovechaba para echar una repasadita al periódico del día, coincidían con la muchachita que “hacia la calle” y que entraba a descansar un momento y el que, apresurado, quería calmar la sed luego de una agobiante y agotadora gestión burocrática. Ineludible era en el café la vidriera de apuntaciones que recogía las apuestas para la bolita y la charada.

 

En una sociedad dependiente y mimética como la cubana, las cafeterías arrollaron en los años 40 y 50 del siglo pasado. Climatizadas, de aluminio, formica y cristal y mucho inglés en la oferta que exhibía la carta.

 

Empezó el “Selt Service” y al perro caliente se le llamó “hot dog”. Pero algo se ganó en higiene. Daba gusto sentarse a merendar o almorzar en la cafetería de cualquiera de los Ten Cent. Todo muy limpio, reluciente, exquisitamente preparado, aunque el inglés pusiera en aprietos a más de un comensal.

 

Con eso de la influencia norteamericana, hasta el bien ranqueado Floridita se vio obligado a introducir cambios de envergadura. El local abierto que tanto gustaba a Hemingway, tuvo que ser cerrado y refrigerado a la carrera cuando a escasos cincuenta metros, en Bernaza no.1, esquina a O’Reilly, abrió sus puertas el bar Pan American –el primero en La Habana que instaló esa maravilla del aire acondiciondo- amenazó con robarle la clientela.

La lluvia de oro

José Lezama Lima solía hacerse visible, por las tardes, en La Lluvia de Oro, una café que todavía existe en la calle Obispo, frecuentado asimismo por el pintor Víctor Manuel, el autor de Gitana Tropical, obra que abrió la puerta a la pintura moderna en Cuba. Por cierto, Víctor jamás pedía una cerveza, sino un vasito, y vasito a vasito se bebía todo un barril.

 

Otro establecimiento que el novelista de Paradiso visitaba en sus recorridos vespertinos era el de Revoredo, en O’Reilly, frente al edificio de La Metropolitana, y muy cerca de la célebre Librería Martí.

 

Emblemático de La Habana de ayer o de antier era en café Vista Alegre, en Belascoaín entre San Lázaro y Malecón, donde eran habituales el maestro Antonio María Romeu, Sindo Garay y los más notables trocadores de las primeras décadas del siglo XX y donde, de tarde en tarde, se dejaba caer Alberto Yarini, a quien en el mismo lugar Sindo le dedico aquella canción que proclama “Nada temas, la vida sonríe” cuando el renombrado proxeneta estaba a punto de ser ultimado a balazos.

 

Se cuenta que Eladio Secades escribía a mano sus crónicas insuperables para Bohemia y la Marina sentado a la mesa del café que abría sus puertas en el Palacio de los Gritos, el frontón de Concordia y Lucena.

 

Muchos cafés se hicieron famosos en La Habana del siglo pasado. Europa, en Obispo y Aguiar, muy concurrido por sus pasteles, gozaba de la preferencia de la gente pudiente. La Isla, en Galiano y San Rafael, atraía por sus helados.

Además, por sus reservados y sus dos salidas que posibilitaban todo tipo de escapadas. En Las Columnas, luego cafetería Miami y hoy A Prado y Neptuno, Federico García Lorca se deleitó con una champola de guanábana en la tarde del Viernes Santo de 1930. El café del teatro Alhambra, en Consulado y Virtudes, fue visitado por Rubén Darío, Jacinto Benavente, Eduardo Zamacois, y Blasco Ibáñez, entre otras figuras extranjeras de las letras y el espectáculo.

 

Hubo en La Habana un café La Diana, en Águila esquina a Reina, y un café Las Avenidas, en Carlos III e Infanta.

 

En el café Las Antillas, en San Miguel casi esquina a Prado, intercambiaban sueños y poemas jóvenes de la generación de los años 50. Fraga y Vázquez, en 23 y 12 concentraba por las tardes a políticos de todas las tendencias y por las noches a actores, músicos y cantantes y vividores de toda laya.

 

En Los Parados, en Neptuno y Consulado expendían sándwiches espectaculares, de “dos pisos”. Las fritas de Sebastián, en Zapata y Paseo, eran muy demandas.

 

En verdad, había un fritero en cada esquina, que además de las fritas ofertaba panes con bistec, tortilla y minutas de pescado; todo por centavos. Ganaron también nombradía las fritas de Infanta y San Lázaro, que allí podían reforzarse con una copita de ostiones.

 

Algún día habrá que precisar cuántos cubanos, antes de 1959, capearon el hambre gracias a la frita, los ostiones, el café con leche y las sopas chinas, entre estas, la del Mercado Único de Cuatro Caminos revivían un muerto. Es el mundo de las fondas con sus “completas” de arroz con frijoles, vianda, ensalada y carne por veinte o cincuenta centavos, según la época.

El caldo gallego del Bodegón de Toyo era de campeonato. Aun así, a muchos no quedó más remedio que “engañar” el estómago con un buchito de café.

Cubadebate (Ciro Bianchi)

Author: Radio Llanura Redacción

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