La misoginia no siempre grita. A veces se ríe. A veces opina. A veces se disfraza de costumbre…
Por: Yulislaysi de la Caridad de la Torre Diaz, estudiante de Periodismo
La misoginia es el desprecio hacia las mujeres por el simple hecho de serlo. Y aunque muchos digan que es cosa del pasado, sigue viva en el lenguaje, en las calles, en las relaciones y en las instituciones.
Se manifiesta cuando se duda de la palabra de una mujer. Cuando se juzga su cuerpo, su ropa o su vida sexual. Cuando se normaliza el control, el acoso o la violencia como si fueran parte del carácter masculino.
La misoginia no es solo una actitud individual: es una estructura social que enseña a algunos hombres a sentirse superiores y a muchas mujeres a vivir justificándose.
De ella nacen múltiples violencias: la psicológica, la simbólica, la económica, la física y la sexual. Y en sus formas más extremas, el feminicidio.
Sus consecuencias son profundas: mujeres que viven con miedo, con culpa, con silencio aprendido. Sociedades donde el respeto no es un valor, sino una excepción.
Combatir la misoginia no es odiar a los hombres. Es cuestionar un sistema que deshumaniza, que educa en el dominio y que convierte la desigualdad en norma.
Mientras sigamos normalizando el desprecio, seguiremos heredando violencia.
Nombrarla es el primer paso. Cuestionarla, una urgencia. Erradicarla, una responsabilidad colectiva.

















