La Calle Santa Teresa no es un lugar cualquiera; es una arteria vital que, en su tramo hacia el Puente de Versalles, se ha convertido en un enfermo terminal. Aquí, la rutina matutina no la marca el canto de los pájaros, sino el despertar de la putrefacción. La atmósfera se densifica con un cóctel químico de olores: la dulzura enfermiza de la fruta fermentada, el olor metálico de las latas oxidadas y la punzante fragancia del pañal desechado.
Por: Melanys Ramos Hernández, estudiante de Periodismo
El basurero no es un punto, es un mural continuo de negligencia. Se extiende por más de cien metros, creciendo en anchura sobre la acera, obligando a los peatones a invadir la calzada y esquivar el tráfico. La gente deposita sus bolsas en la noche, y al amanecer, el vertedero ha “florecido” con nuevos colores y texturas. La acumulación es tan densa que se convierte en un hábitat: en el día, colonias de moscas zumban con insistencia; en la noche, se escucha el correteo de los roedores que han encontrado un banquete permanente.

En el corazón de esta decadencia, se levanta con una dignidad casi desafiante el círculo infantil “La Edad de Oro”. El nombre evoca una época de inocencia, pero la realidad que cerca sus muros es una edad de hierro, de lucha constante contra la insalubridad.
La institución es una pequeña fortaleza de pedagogía y cariño donde educadores y asistentes luchan a diario por mantener el interior inmaculado. Sin embargo, los esfuerzos son muy frágiles pues cuando se abren las ventanas para ventilar, entra el aire cargado de partículas tóxicas.
“Tuvimos que reforzar la malla de las ventanas, pero ni eso basta; es un impacto directo en la salud de nuestros niños. Hemos tenido infecciones respiratorias altas, y los brotes de conjuntivitis y diarrea se vuelven recurrentes. Es obvio que la causa está a pocos metros. ¿Cómo educamos sobre higiene cuando su primer contacto con el mundo exterior es la basura? Sientes que tu trabajo por darles un futuro limpio se ensucia cada mañana” explicó Lourdes Pérez directora del círculo infantil La Edad de Oro
Las reiteradas peticiones de los padres y el personal del círculo infantil a las instancias municipales parecen caer en un pozo sin fondo. Se prometen soluciones: contenedores nuevos, patrullaje para multar a los infractores, calendarios de limpieza más estrictos. Pero la promesa se disuelve tan rápido como la neblina matutina, dejando atrás solo el hedor y la frustración.

“Mi hija está en ese círculo y le tengo en su mochilita nasobuco y gel de manos porque el comedor queda al lado del basurero y la peste es tan grande qué hay veces que la niña no me quiere ni almorzar” comentó Mayibe Pedroso, madre de uno de los niños que están en ese círculo
El final de este infame corredor lo marca el histórico Puente de Versalles. Es un punto de inflexión, una línea divisoria. Al cruzarlo, el aire se aligera, la acera se despeja. Este contraste geográfico subraya la marginación de la zona de Santa Teresa.
Para los habitantes y, sobre todo, para los niños de “La Edad de Oro”, el basurero no es solo un problema de estética, es una negación de sus derechos fundamentales a un ambiente sano. Es una herida abierta en el tejido social que contamina no solo el aire y el suelo, sino también la esperanza y la fe en la capacidad de la comunidad para proteger a sus miembros más vulnerables


















