Tres girasoles marchitos adornan el vaso puesto en mi mesita de noche. Los cambiaría si la vaguedad no pesara tanto que hasta levantarme de la cama se siente imposible; mi figura parece pegada como una goma de mascar usada en un zapato. El paso de las horas no me preocupa, sé que al despuntar el sol mi cuarto irá calentándose y el vapor será tanto que me obligará a despegar este cuerpo estropeado y sudoroso, víctima de otra noche sin dormir
Por: Yulislaysi de la Caridad de la Torre Diaz, estudiante de Periodismo
Una noche como tantas, y las que faltan. Días en los que la rutina conserva el protagonismo y la procrastinación juega su mejor jugada: me tiene dormido estando despierto, cansado de tanta cama, de tanto teléfono, de tantas malas caras, de los enojos, los regaños y las lamentaciones a la vida. Cansado de tanta demagogia, de no hacer nada.
“Resistencia”, no sé si es un juego de palabras, manipulación, burla o un acertijo.
Las gotas de sudor se acumulan en mi rostro. Son las nueve de la mañana y mi estómago empieza a doler. Todavía no se acostumbra a que una sola comida al día sea, por ahora, la única opción. ¿Qué más puedo pedir cuando sé que hay otros que la pasan peor, que cada día en la calle aparecen más personas vulnerables, esos mal llamados “mendigos”?
Han pasado cinco días, 120 horas desde que en este juego de oscuridad nadie se interesa en que nosotros, unos cuantos desdichados, podamos saborear el simple placer de tener fluido eléctrico.
De pronto, la alarma del mercado de la esquina suena. Mi corazón late más rápido: solo puede significar una cosa. Abro los ojos; la luz del sol se cuela por las rendijas.
—¡Vino la corriente! —grita mi madre.
Tantas cosas por hacer…
Pero la felicidad dura poco, como siempre. Corriente para todos menos para nosotros. Recuerdo que hace más de una semana un rayo rompió el transformador de mi cuadra y todavía no se han dignado a arreglarlo. Pienso en los paneles solares, en los cortes, en las excusas de cada día. Quién sabe. Lo único que sé es que, a este paso, la época de piedra volverá cualquier día de estos y nos encontrará acostados, con el sudor pegado a la frente, esperando que venga Thomas Edison a encender su bombilla y nos diga: a esto se le llama corriente.


















