Memoria afrodescendiente en Martí

Durante siglos, el catolicismo se impone como religión oficial mientras las prácticas de origen africano se ejercen en los márgenes, criminalizadas o ridiculizadas, obligadas a esconderse bajo la forma de santos católicos y fiestas “toleradas”.

Por: Yulislaisys De La Caridad De La Torre Díaz, estudiante de Periodismo 

Las casas religiosas, como la de Tumba Tumba, ubicada en el matancero municipio de Martí a cargo de William Chang, funciona desde ese entonces como refugio discreto donde se transmite el conocimiento de generación en generación, casi siempre puertas adentro y con fuerte control familiar.

Tras 1959, el discurso estatal laico y ateo refuerza, por un tiempo, el silencio: la pertenencia religiosa puede costar estudios, cargos o respeto social, y muchas personas separan su vida “oficial” de su vida espiritual para no asumir conflictos. Aun así, las religiones afrocubanas se sostienen desde abajo, en barrios, cabildos y casas-templos, asociadas a los sectores más humildes que encuentran en ellas protección, identidad y una forma propia de leer el mundo.

En las últimas décadas, la relación entre Estado y religión cambia: se flexibilizan las restricciones, se reconoce la diversidad religiosa y las prácticas afrodescendientes ganan espacio en medios, turismo y producciones académicas. La casa de Tumba Tumba, reconocida a nivel provincial, es ejemplo de cómo estos espacios pasan de la clandestinidad relativa a convertirse en puntos de referencia comunitaria, patrimonial y hasta turística, sin dejar de ser lugares de fe.

Pero la apertura trae nuevas tensiones. La religión entra en circuitos de consumo, “servicios espirituales” y promesas rápidas, a veces alejadas de la ética y la responsabilidad que William Chang,  defiende cuando se niega a discriminar, a venderse o a usar la fe como espectáculo. Su historia recuerda que el prestigio de una casa religiosa no depende solo de los rituales, sino de la integridad con que se ejerce el liderazgo, aun cuando los conflictos familiares, los litigios por la vivienda o los prejuicios siguen golpeando.

El itinerario de Williams —santero, mayombero, profesional, hombre de fe y de litigios— condensa la paradoja de la religión en Cuba: puede ser motivo de estigma, pero también fuente de dignidad, disciplina y resistencia. En la casa de Tumba Tumba, la espiritualidad no es evasión sino herramienta para enfrentar injusticias, ordenar la vida cotidiana y sostener una memoria afrodescendiente que durante mucho tiempo se quiso borrar o domesticar.

En ese contraste entre “antes” y “ahora” hay una continuidad: la religión sigue siendo un territorio donde se negocian poder, identidad y futuro, y donde las casas como Tumba Tumba funcionan como laboratorios silenciosos de cubanidad, más allá de las modas y los discursos oficiales.

En el siguiente enlace se presenta un estudio que explica la evolución de la religión y el pensamiento de Fidel Castro con respecto a esta.

https://santiago.uo.edu.cu/index.php/stgo/article/download/5063/4546/16090

 

 

 

 

 

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