La casa de Tumba Tumba, en el municipio de Martí, es una construcción con más de cuatro siglos de existencia, un espacio donde la historia no solo se cuenta, sino que se siente en el piso de tierra, en los muros envejecidos y en la memoria de quienes la habitan.


Por: Yulislaisys De La Caridad De La Torre Díaz, estudiante de Periodismo
En ese sitio la espiritualidad no es un discurso sino una práctica diaria que se sostiene desde tiempos de esclavitud hasta el presente, como una raíz africana que se niega a ser arrancada.
Fundada en el marco de la hermandad de La Caridad, creada antes de 1959, la casa nace bajo la influencia de Macaridad Morales, una mujer llegada de África cuya huella se extiende a través de su descendencia.
Con los años, el liderazgo espiritual pasa a manos de Francisco “Tumba Tumba”. Tiempo después a su bisnieto William Chang, quien asume la responsabilidad de mantener viva la tradición.
Tumba Tumba nunca es un lugar de improvisación. Antiguamente, quienes deseaban pertenecer a la hermandad pagaban una cuota y se registraban en actas.
Cada fiesta religiosa se informa a las autoridades locales, lo que avala su prestigio a nivel provincial.
Sus asistentes practican el mayombe: los paleros se sientan en el piso para “jugar mayombe”, consultan caracoles y leen signos que hablan del pasado, el presente y el futuro, pero siempre desde una ética que coloca el respeto y la discreción por encima del espectáculo.
Más que un templo, la casa funciona como refugio. Quienes llegan hasta allí no solo buscan limpieza espiritual o respuestas a sus dudas, sino también ser escuchados, acompañados y orientados en medio de conflictos familiares, enfermedades, pérdidas o miedos que no encuentran lugar en otros espacios.
William, heredero de ese legado, asume su papel como guía desde la honestidad: protege a quienes se acercan, combate la discriminación interna dentro del propio sistema religioso y se esfuerza por que nadie quede fuera por prejuicios o falta de recursos.
Con el paso del tiempo, la casa de Tumba Tumba se convierte en un símbolo silencioso de resistencia y memoria para el pueblo de Martí.
Cada ceremonia, cada historia y cada persona que cruza su umbral confirma que este lugar no es solo una reliquia del pasado, sino un espacio vivo donde la fe, la dignidad y la tradición encuentran nuevas formas de permanecer.
Fotos: Cortesía del entrevistado
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