2026: ¡Arriba un nuevo año!

Y deben haber revoloteado ya lo suficiente, hasta perderse en el mangle próximo, las cenizas del muñecón quemado en mi esquina. Un humanoide de cuerpo inflamable, condenado a la hoguera de las 12:00 a. m. por pura tradición.

Un letrero en su frente de trapo ponía “2025” y en las caras iluminadas de sus incendiarios se leía, a intervalos crepitantes, una bienvenida al “2026”. En algunas pocas sí, pero en no todas se intuía el “Feliz” que suele acompañar esos dígitos.

 

 

Porque los rostros humanos no son un anuncio publicitario: son más sinceros que eso, y reflejan a la vez toda la fortaleza y debilidad que confluyen en sus poseedores. Aunque la mayoría sonría, una sola lágrima a la luz del fuego dice mucho de la tribu.

Porque, antes de hablar de metas y de proyectos, hay que reconocer en estos tiempos lo que tiene de amarga una fecha tan dulce, lo que tiene de personal siendo al unísono tan colectiva. Es el lado triste de la felicidad que nos toca.

Un nuevo año te puede agarrar impetuoso y entusiasta para, 12 meses después, entregarte hecho polvo al que sigue. O a la inversa. Todo es posible. Un nuevo año puede hacerte de todo, de todo puede llegar e irse a su conveniencia.

No hay radar posible en nuestro interior que detecte de dónde vendrán todos los golpes. Algunos se intuyen, otros no avisan ni de reojo. Pasa lo mismo con las alegrías, que a menudo quizá por su ausencia se agradecen tanto mientras duran, así sea de tal día a tal día del mes: una visita, un regalo, alguien nuevo, un alumbrón… Algo.

El presente siempre es duro, y a veces parece ponerse más agreste y difícil aún. Un equivalente a caminar descalzos sobre riscos, con la condición de no retroceder o detenernos, porque es imposible. El tiempo solito se encarga de azuzarnos los pies hacia las fauces del futuro, así que… ¿lo encaramos abatidos o qué?

No voy a hablarte de resistir ni de luchar porque, amigo lector, sé que de eso estás sobrado para darme lecciones a mí. Incluso, hasta cansado de oírlo mencionar. Sé que si a cada rato te encomiendas a fuerzas superiores no es por falta de acción real y esfuerzo en tu día tras día, en tu año tras año, sino porque tu fuerza no encuentra dónde más ser usada, dónde más serles útil a ti y a los tuyos.

Lo que te puedo decir ahora, acabada la fiesta si tuviste fiesta, acabada la noche si fue solamente eso lo que pudiste tener, una noche… es que no pierdas esa llama tan bonita que hasta el conde de Montecristo, cuando se las vio bien negras, nos enseñó a cuidar en su peor atolladero: la esperanza.

¿Esperanza de qué? Bueno, esperanza en volver a ese abrazo que la distancia te impide, en volver a reír sin la sombra de una pena, en volver a encontrar provisiones que son la vida, en volver a encender tu casa sin miedo a que se apague, en volver… ¡a lo que sea!, con tal de que te dibuje una mayor sonrisa en futuros eneros.

De pronto, ¿no se vuelve útil la esperanza, no deja de ser abstracta, en lo que el mundo —es decir, eso tan cercano e inabarcable que hay después de tu umbral— o bien se arregla o bien nos acabamos todos de desplomar sin que ya nada nos importe? Si al fin y al cabo luchas y resistes cada día no es porque “no hay más ná” y ya: es porque no la has perdido.

Es que, al fin y al cabo, si llegaste a 2026 es porque eres más valiente de lo que estos ánimos pueden dar a entender. Aunque creas haber empeñado las fuerzas que te quedaban en armar ese muñeco que luego envolviste en llamas y contemplaste, a través de una lágrima, como catalizador de tus sueños.

Felicidades. Pero muchas, las que necesites, que se te den, que se nos den.

¡Muchas felicidades!

(Tomado de Periódico Girón