Miyazaki: un cine de paz, sanación, naturaleza, fantasía e inocencia

Hay un venerable señor en el Japón –activo en el arte del dibujo animado desde los años 60 del pasado siglo, durante la época del estudio Toei–, quien, en los tiempos del ordenador, de Aardman con su stop motion, de Dreamworks y esa Pixar repleta de lumbreras de la era digital, continúa animando a lápiz sus storyboards.

 

Dicho hombre sui géneris; distante de la manía fotorrealista del género; marxista; devoto de la salvaguarda de la naturaleza y eterno enamorado de la infancia, se nombra Hayao Miyazaki (Tokio, 1941) y recién cumplió sus jovencísimos 85 años de vida.

 

El cine del director, dibujante, ilustrador y productor se comprende desde el amor. El amor entendido desde una dimensión total. El amor, también, a la paz. En estos tiempos de xenofobia, exclusión y agresiones imperialistas, sería bueno proyectar ciclos completos del autor en los cines del planeta, porque su pantalla y la benigna lumbre de su obra sanadora está inundada de todo lo contrario.

 

Con anterioridad al fortalecimiento a escala internacional de las luchas por el respeto al otro, ya aparecían textos fílmicos animados suyos que constituían una verdadera disertación proactiva sobre el descubrimiento de la pluralidad a partir de la premisa inclusiva de anular cualquier diferencia, promover la igualdad entre los seres humanos y venerar al género femenino (Miyazaki lo honra, lo ama).

 

El espectador logra empatizar con el discurso del cineasta, además, debido a la capacidad del artista de creer en la necesidad suprema de la imaginación, así como en el descubrimiento de los pequeños grandes detalles maravillosos del universo y de la fantasía.

 

Del espíritu de la humanista obra miyazakiana se desprende que los buenos sentimientos, la concordia y el anhelo de fabular o soñar siempre constituirán bazas con mayores posibilidades de redención postrera para la raza que destrozar el entorno o enfrentarnos unos a otros hasta la destrucción.

Constante en su ejecutoria, Hayao advierte sobre las consecuencias del belicismo, ya incluso en los periodos germinales de su estudio Ghibli –Nausicaä del valle del viento es una parábola en torno a la carrera armamentista desatada en el mandato de Reagan–, así como del conflicto entre hombre y medio ambiente.

Lo hace mediante películas mágicas, pletóricas de fantasía, inocencia, poesía visual, envidiable rigor técnico, exquisito sentido de la planimetría y soluciones narrativas basadas en una exuberante imaginación y en el juego permanente con lo fantástico.

Algo de Julio Verne porta en sus genes Miyazaki, con su poco de Salgari, Perrault y los Grimm. Como en las historias de los últimos, en sus filmes también merodea la muerte; no en tanto concepto abstracto o requerimiento conflictual, sino como proceso natural, parte del ciclo de la vida, inocultable a las certezas de los niños: los principales destinatarios de un trabajo que, sin embargo, por mucho sobrepasa su confinación a determinada franja etaria.

Este comentarista (a diferencia de tantos colegas, que privilegian al Miyazaki de El viaje de Chihiro, con su Oso de Oro en Berlín y su Oscar: estatuilla que, por cierto, no fue a recoger, en repudio a la invasión yanki a Iraq) prefiere las dos piezas proclamadas como más «infantiles» dentro de su filmografía: Mi vecino Totoro –su imagen es el logotipo del estudio Ghibli– y Ponyo en el acantilado, seguidas de cerca en mis afectos por La princesa Mononoke.

Miyazaki no envejece, como ninguno de los verdaderos maestros, palabra grande que en la actualidad casi pareciera perder su connotación, habida cuenta de la facilidad irresponsable con que se emplea, en el cine o fuera, sin un real fundamento.

Ahí siguen, seguirán, sus trazos henchidos de genio, dando luz para fieles o apóstatas de la esperanza; solo a la espera de ser vistos, en estos tiempos de negrura, incertidumbre y desatino imperial.

Tomado de Granma