Su voz me esclavizaba. Aunque aquella radionovela se entretejía de música, efectos sonoros, silencios…nada era más relajante que aquella voz grave y vigorosa del protagonista. Lo sentía tan cerca de mí que cada noche encendía mi radio para imaginar que yo era esa joven a quien el galán decía tan cautivadoras palabras. Era como si lo abrazara.
Tras la despedida, aquel hombre no se apartaba ni un segundo de mi imaginación. Y buscaba cualquier catalizador para los días, para volver a encontrarlo en la radionovela nocturna. Al escucharlo, cerraba los ojos y lo construía. Era un joven que rozaba los 30 años, con arquetipo semejante al de un modelo de revista: trigueño, ojos azules, perfecta estatura, sonrisa de ángel y un cuerpo esculpido sin obviar detalles. Era mi hombre ideal.
Un día mientras viajaba reconocí esa voz en un pasajero del asiento trasero. Lo busqué temblorosa con la mirada. Y debí mirarlo varias veces para convencerme de que el prototipo de mi imaginación se desmoronaba. Un señor al borde de los cincuenta, de complexión gruesa y vientre empinado, bigote ocre y cabeza desprovista de cabellos, era el dueño de esa voz que amé cada noche.
Ironía de la vida cuando hace un tiempo leí en una revista española publicada en 1945, un anuncio muy peculiar que decía: “Si usted quiere ser actor, pero desespera porque su figura disiente de la de Apolo, no desespere; si su otro rostro, sus facciones, están regañadas con los héroes griegos y los patrones hollywoodenses, no le importe demasiado; y hasta si tiene usted una pierna escandalosamente más corta que la otra, no pierda las esperanzas, porque si tiene usted una voz timbrada, una voz agradable, sugerente en sus modulaciones y capaz, ella sola de penetrar con la fuerza de sus matices, si tiene esa voz, usted podrá ser incluso el galán ideal en el que piensan muchas cabecitas femeninas aunque no le conozcan. Puede ser usted astro de la radio”.
Y aquella experiencia me enseñó una gran lección: no debemos guiarnos por las apariencias, nos pueden engañar; porque lo esencial es invisible a los ojos.










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