Era una mañana clara. El sol parecía querer derretirme; no obstante, permanecí inmóvil. Por el rabillo de ojo, sin voltear la cabeza, observaba a mis padres. Ellos sonreían de una forma extraña. Solo años después comprendí que aquello era una mezcla del orgullo con la tristeza de saber que su pequeña se les iba haciendo grande.
La maestra se afanaba por colocarnos en línea recta, pero todos estábamos demasiado ansiosos. ¡Al fin nos pondrían la pañoleta! Dejaríamos de ser los niñitos del preescolar, esos que la “seño” acompañaba al baño.
Fue mi mamá quien me puso el tan ansiado pedazo de tela azul en el cuello y entonces, todos a coro, juramos ¡Seremos como el Che! Cierto que poco sabía de lo que esa afirmación encerraba, pero la decía con la sinceridad que nace de la admiración.
Ser pionero era, a la vez, responsabilidad y diversión. Había que llegar puntual, no conversar en el aula, hacer siempre las tareas y estudiar mucho, pero también teníamos acampadas, festivales, movimiento de pioneros exploradores y concursos.
Con los años llegó la comprensión de cuánta importancia podía tener la organización para exponer, aún siendo niños o adolescentes, nuestros puntos de vista y defender los derechos más legítimos. Quizás por eso y por el afán de justicia que me inculcaron mis padres, me emocionó integrar la Unión de Jóvenes Comunistas con solo 14 años.
No imaginé en aquel momento que tendría momentos de profunda fe y otros de descreimiento, que los dolores de cabeza serían frecuentes y tendría que lidiar con muchos males. Aquel carné que me dieron hace ya ocho años, signado por las palabras de Fidel en su reverso, siempre ha significado para mí un impulso a ser mejor, con independencia de los problemas que afronte la organización en el lugar en que me encuentre, un asidero para no cansarme, para avanzar, para no dejarme arrastrar por la marea.
Ser joven militante hoy es mantenerse rebelde, enfrentar a los mediocres y los burócratas, y cada cosa – como demanda Cuba- hacerla bien y con ganas. Ser militante hoy es no ver lo mal hecho como normal, desterrar el secretismo, el discurso vacío, la banalidad y los falsos valores. Es aprender de nuestra historia, de nuestros padres, hacernos partícipes del presente y forjadores del futuro. Un militante no pude sentarse a observar, a enajenarse, a lamentarse; un militante tiene que actuar y decir.
La militante que soy tiene mucho de aquella pionerita oronda con su pañoleta azul; mantengo el amor a mi patria y a sus héroes, la confianza en un proyecto social único y valiente, el compromiso en todos los ámbitos y , sobre todo, la alegría de aquellos años cuando mal cantaba: ¡Cuba, qué linda es Cuba! Quien la defiende la quiere más.
(Tomado de Periódico Girón)









