Después de atravesar kilómetros de monte sin encontrar un sendero conocido o alguna marca en el tronco de un árbol, y sin rastro de la costa en medio de aquel verdor interminable, el cansancio natural cedió al más profundo vértigo, a una sensación de asfixia y embotamiento de los sentidos que paralizó al hombre de un tirón ante la certeza de verse perdido.
A estas alturas había intentado todo cuanto estaba a su alcance para orientarse y hallar las señales que lo devolvieran al monte recorrido durante tantos años, conocido por él desde su niñez, pero que en esta ocasión se le tornó totalmente ajeno.
Primero clavó un palo en el suelo, sabía que al esperar cerca de media hora la sombra proyectada en la tierra señalaría hacia el este; solo que el sol no aparecía en aquellos parajes, oculto por una estela de nubes que se desparramaban a lo largo del cielo. Un poco más tarde trató de identificar la dirección del viento para contar al menos con una pista, pero no consiguió absolutamente nada.
Quedaba poco tiempo. En los últimos instantes de su exploración notó que oscurecía a un ritmo insólito y las gotas que ahora le corrían por la cabeza presagiaban un aguacero infernal.
—¡Qué sala’o estoy, coño! –gritó en ese momento.
«Y pensar que mi mujer me lo dijo cien veces antes de salir de la casa, que pa’ qué me iba a meter en el bosque por la tarde, que en el verano todas las tardes llueve y, sobre todo, que ya no tengo salud pa’ estas cuestiones».
Sin embargo, el hombre con tal de garantizar algunos pesos de más, que buena falta le hacían, enfundó su machete en el cinturón que le colgaba de la cintura, se colocó el sombrero de un tirón y con el hacha al hombro, se internó en la maleza.
Ni siquiera derribó los troncos que pensaba, pues desde ese momento retumbó a lo lejos un sonido ronco que se le pareció a un trueno y, por tanto, no demoró en emprender la marcha de regreso. Caminaba deprisa, sin disminuir el paso y sin hacer sus escalas habituales para re tomar el aliento: una tempestad en el medio del monte no es cosa de juego.
A mitad de camino, el vapor que se desprendía del follaje le empapó todo el cuerpo de un sudor que se le deslizaba desde el pecho hasta las rodillas. La marcha se le hizo irresistible y no tuvo más remedio que detenerse un instante. Se agachó, se pasó la mano por la frente y mientras la secaba en el pantalón, un escalofrío le recorrió el cuerpo: se miró la mano izquierda, luego la otra que aún frotaba contra su pierna de manera involuntaria, escarbó el suelo, observó a su alrededor y se maldijo por primera vez ese día: «¡Qué un rayo me parta, carajo! ¡De jé botá’ el hacha!»
La proximidad de la tormenta lo aterraba, pero no tanto como la idea de perder el instrumento que garantizaba un plato de comida a toda su familia. Entonces, enrumbó hacia la zona donde minutos antes había trabajado. Atravesó el mismo trillo, al finalizar dobló izquierda pensando encontrar el lugar unos metros más adelante, pero caminó kilómetros (km) sin rumbo fijo. Desanduvo una vereda que a la larga se diluyó en la inmensidad de los matorrales y en su carrera abrió nuevas sendas que solo consiguieron adentrarlo más en el monte.
La luz del crepúsculo acentuó el tono sombrío de aquel ambiente donde el silencio adquiría una densidad insoportable, opresiva. La lluvia apenas le permitió arrancar algunos retoños de cortadera, que ahora masticaba con parsimonia debajo de unas pencas de guano que logró acomodar cuando había mejor iluminación.
Ya ni siquiera divisaba la silueta de los árboles. Para mantener la calma concentró toda su atención en el sabor dulce de aquellos frutos y se distraía al imaginar el momento en que entraría por la puerta de su casa.
Mas, entre todas sus cavilaciones había una que lo atormentaba demasiado como para evitarla, una que lo perseguía hacía meses cuando uno de sus vecinos salió a cazar y no regresó jamás. Lo buscaron durante varias jornadas, incluso un helicóptero recorrió la zona sin que lo llegaran a encontrar. «A ese se lo comieron los cocodrilos», pensó desde aquel entonces.
El problema es que cuando uno camina sin dirección precisa puede caer en la zona del manglar, y allí sí se te complica la vida porque hay partes en las que te hundes hasta las rodillas, pierdes las fuerzas, te fatigas y cuando vienes a ver, el animal se te tira sin que puedas hacer nada.
En fin, casi inerte en la oscuridad del monte, este hombre no podía hacer otra cosa que esperar. Lo que más le jodía de todo era reconocer el recelo con que entraba al bosque desde que supo lo de su vecino, más bien el miedo que le trastornaba cada vez que se disponía a cortar madera. Y cuando se entra con miedo al monte, uno se pierde enseguida…
II
Sique constituye uno de los poquísimos pobladores que todavía habitan en el batey de Santo Tomás. Ha envejecido en esta comunidad, ubicada en las entrañas de la ciénaga, a 32 km de cualquier indicio de civilización, entre bosques, pantanos y animales jíbaros, donde las personas y las casas parecen una parte orgánica del ecosistema del lugar.
En realidad este cenaguero descubrió que su verdadero nombre era Secundino Elusver a los once años, cuando comenzó sus estudios de primer grado. Anteriormente no tuvo forma de saberlo, pues tanto en la casa como en el resto del poblado todos le decían (le dicen) Sique. A fin de cuentas cada uno de sus conocidos también tenía su apodo: el Majá, el Chivo, y a la vez que te enganchaban uno, lo llevabas hasta la muerte.
Entre sus recuerdos más remotos se encuentra el día en que pisó por primera vez el batey, de la mano de sus padres y sus tres hermanos. Por ese entonces la mudanza de las familias no representaba una gran complejidad. Las pertenencias nunca sobrepasaban la ropa que llevaban puesta, un par de mantas de saco y el mosquitero, elemento imprescindible en un entorno donde mosquitos y jejenes te destrozan la piel ante cualquier descuido.
Todavía bastante pequeño, Sique ayudó al padre a levantar la casa de tabla y guano. Además, lo acompañó al bosque para cortar la madera que utilizarían en la realización de los camastros y demás objetos necesarios.
Como dictaba la férrea tradición cenaguera de aquellos años, continuó el trabajo en el monte, pues en estos contornos nunca ha habido mucho más que hacer. En cuanto pudo cambió para otros oficios que lo desgastaran menos. Estuvo varios años de cocinero, aunque hasta ese momento nunca había hecho un huevo frito, luego pasó a manejar el tractor de una cooperativa y más adelante se desempeñó como operario de maquinaria en un aserrío.
Fue en esta etapa que conoció a su mujer, aunque se casó mucho tiempo después, porque no iban a recorrer 40 km por un camino prácticamente intransitable para firmar solo un papel. Un buen día llegó el notario al batey y se organizaron bodas colectivas en el dispensario, una casona con el techo de cartón rojo y el piso de cemento que adornaban para la ocasión. Lo cierto es que aprovecharon la oportunidad, pues para ese entonces, buscando al “varoncito” ya eran padres de cuatro “hembritas”.
El Periodo Especial lo sorprendió de administrador de la bodega del batey. Poco a poco, la vida en la comunidad se sumió en un letargo del que no ha podido desprenderse. Las escasas opciones de empleo se redujeron drásticamente; los jóvenes, en su mayoría, se marcharon y no volvieron (entre ellos, las cuatro hijas de Sique) y el propio gobierno local potenció una estrategia que pretendía evacuar a todo el poblado hacia centros más urbanizados.
«Yo sí no me voy. Imagínate que en el pueblo me siento un extraño. Claro que en ocasiones voy allá por cuestiones de salud u otra necesidad, pero cuando regreso a mi tierra ya se me olvida todo aquello. Aquí me crié, eché mi vida… y aquí me van a enterrar», explica siempre este cenaguero a quienes cuestionaban su decisión.
El batey se encuentra rodeado por un ecosistema bastante variado que se alterna entre bosques y zonas pantanosas.
No obstante, en lo adelante la situación se volvió mucho más difícil y no le quedó otra opción que retornar al monte. En realidad le gustaba la cacería de puercos jíbaros con los perros que él mismo amaestraba, incluso hubo jornadas en que caminó casi 30 km en busca de los animales, pero a medida que envejecía sus piernas se fueron haciendo menos resistentes.
Justo por ello, en aquella ocasión cuando se extravió, mientras se preparaba para cortar un poco de madera en bolo, su esposa intentó persuadirlo al recordarle que en el verano todas las tardes llovía pero, sobre todo, que ya no tenía salud para esas cuestiones.
III
…El aguacero cesó a medianoche, aunque se mantuvo una llovizna persistente por un buen rato. Como siempre sucede en estas situaciones, el tiempo se dilató sin piedad ante aquella espera agónica en la oscuridad. A pesar del agotamiento, Sique no cerró los ojos en toda la madrugada y quizás por ello al amanecer sentía una extraña irritación en la vista.
Apenas salió el sol se ubicó de tal forma que los rayos todavía incipientes coincidieran directamente con su hombro derecho. Desde pequeño su padre le había enseñado que si lograba colocarse de tal modo, el cuerpo siempre le quedaría de frente a la carretera.
Enseguida se puso en marcha. Como a la media hora encontró un “claro” (área chapeada con anterioridad) que indicaba la presencia reciente de personas y por dónde salieron más o menos. Siguiendo esa dirección atravesó un trillo que lo dirigió a una zona que ya le resultaba familiar. Minutos después se exhibía en el medio del batey.
—¿Qué te pasó, está todo bien contigo?— le preguntó enseguida su mujer agarrándole las manos, exaltada.
—Sí, cálmate un poco, todo está bien–, respondió Sique.
—Pero cuéntame… di algo… yo casi llamo al helicóptero…
—Ahora te explico lo que pasó, pero déjame llegar a la casa.
—Te lo dije, ayer tú no tenías que buscar nada en el bosque…–, insistía la mujer.
Ambos se pusieron en movimiento y Sique no abrió más la boca hasta llegar a la casa. Al entrar se tendió en el suelo, bocarriba, y clavó la vista en el techo, en un punto impreciso. Mañana iría de nuevo al monte, de alguna forma tiene que garantizar el plato de comida, pero ahora no pensaba en eso, solo disfrutaba de la calidez que recorría su pecho, se sentía seguro en su casa, donde se crió, echó su vida…POR AYOSE S. GARCÍA NARANJO










