Aquel día la profe de noveno grado se mostró espantada al comprobar que muchos de nosotros no conocíamos lo ocurrido en Ibarra ese 24 de febrero de 1895. Nunca estuvimos seguros pero, quizás, su actitud formó parte del performance al que a cada rato acudía para entregarnos, con un tanto más de pasión, determinado trozo de historia.
Nos contó que en la finca La Ignacia –perteneciente a esa localidad– debían reunirse varios grupos de independentistas como el de los hermanos Pedro y Guillermo Acevedo, el de Gerardo Domenech, el de Manuel García Ponce y otros de la ciudad de Matanzas, además de Antonio López Coloma y Juan Gualberto Gómez, quienes ya se encontraban ahí desde el día 23.
El plan consistía en reunir, en ese punto, cerca de 400 hombres que se lanzarían sobre la ciudad de los dos ríos; un punto relativamente fácil de sorprender porque acogería carnavales durante aquellos días.
Pero, como al mismísimo Céspedes en 1868, llegó de madrugada a López Coloma el recado de que la conspiración había sido descubierta y que las fuerzas españolas andaban en función de atraparlos, tanto así, que un tren saturado de tropas ya marchaba tras ellos.
Y así, obligados por la premura de vivir por algo grande –explicaba orgullosa la profe– fue cómo el 24 de febrero de 1895, en lugar de 400, se levantaron 16 hombres en aquel pedazo de Ibarra; seis a caballo, diez…, quien sabe si a botas.
Luego del emotivo relato la profe regresó a su pequeña cólera, inquiriendo que cómo era posible que nuestros padres no nos enseñaran aquello.
Dijo entonces, más orgullosa todavía, que a su hijo nunca se le olvidaría porque de pequeño lo llevó hasta donde el inmenso cartel de Juan Gualberto, por allá, por Ibarra. Confesó también que resultaba poco probable que a un niño de cuatro años le interesara un hecho de aquellos pero, “con el pase de tamarindos que se dio… –agregó riendo– ni el día ni el lugar podrían borrársele”.
A partir de entonces comprendimos que la historia de esta tierra, si de enseñarla se trata, debe estar, cuanto menos, sembrada de bellezas y delicias; claro está, si buscamos que en la mente y el pecho de quien la escuche permanezca por siempre.(Tomado de Radio 26)









