Para José Manuel Espino Ortega la escritura comenzó con un poema de amor, por supuesto: «Aún puedo volver a la clase de Educación Física en la que hice llegar el escrito a la muchacha que lo inspiró. Tampoco olvido cómo hizo pedacitos el papel y, sin embargo, de algún modo le debo que aún me encomiende a las palabras cuando todo parece perdido.
«Por entonces, los profesores elogiaban mis composiciones, desbordadas, pero con una mirada diferente. Quizás ello me encaminó por los rumbos de los talleres literarios, y en el esplendor de los años 80 tuve la oportunidad de compartir con los autores que aún mantengo bajo el signo de admiración: Jesús Orta Ruiz (El indio Naborí), Dora Alonso, Adolfo Martí, Rafaela Chacón Nardi, quienes dejaron alguna huella en mí, en ellos me reconozco», dice Espino.
Al preguntarle el por qué de su inclinación hacia la literatura infantil, responde que ese destino se lo debe a su madre, quien fuera la primera en avizorar en él un duende, quizá porque ella, como nadie, ha visto su hijo crecer sin dejar de ser niño. Y señala: «Algo de infancia me acompaña cuando ya he cumplido los 51 años. Y es magnífico, más allá de las responsabilidades que han ido apareciendo en el camino que aún no me deje almidonar del todo, que me resista a ser un adulto, como se estampa en El Principito.
«Confieso que me siento de algún modo predestinado a la literatura, cómo explicar entonces de otra manera haberme graduado de Economía y sentir también en esos estudios la ganancia necesaria para lo que sin dudas ha sido mi más grande vocación: la escritura».
El cuartel general de José Manuel está en Colón, municipio matancero del cual precisa: «Puedo ir por toda la Isla, allende los mares, pero siempre, como quien regresa al útero pródigo, vuelvo a mi pueblo, a mi juego de ajedrez y los amigos, la taza de té y el regazo de mi madre, la gente que me odia y que me quiere, como diría Silvio».
Para José Manuel, escribir desde esa ciudad es todo ventajas, pues no se tiene la vida vertiginosa de quien vive en la capital. Una ciudad enigmática desde su nombramiento, que aún no podemos dar fe de cómo desembarcó el Almirante en su parque, con los cuatros leones al pie. En no pocas de sus obras se estampan personajes, monumentos, lugares y anécdotas, propias de tal reino lejano donde siempre lo vienen a visitar sus musas.

José Manuel Espino, el niño que se resiste a ser adulto
«Y es que para situar la literatura de uno más allá, basta con tentar el horizonte, pero ganándole siempre la batalla, con la victoria de cada regreso y la felicidad de pertenecer a un sitio. Cerremos con un lugar común: no sé dónde empieza la ciudad y termino yo», añade José Manuel. Cosas simples de las que también se hace historia.
No han sido pocas las opciones que Espino ha tenido sobre su mesa para continuar con ese trabajo en otros lugares y aclara que: «a pesar de cualquier propuesta, me he mantenido fiel a Colón, uno termina por disfrutar la placidez del terruño, que el prójimo próximo te considera como alguien demasiado cercano, que hasta llegue a pensar que escribes desde su experiencia más que la tuya propia. Y es inevitable que literatura y obra se fundan en algún momento».
Ha publicado una treintena de libros, entre ellos: «Mapas del Hijo Pródigo», «Verde que te quiero verde», «Papá.com» y «Asteroide B-612». También ha recibido importantes premios literarios de Cuba como Premio La Edad de Oro (Poesía), Premio especial Hermanos Loynaz y La Aurora de Matanzas, etc. Por su trayectoria en la literatura infantil se le otorgó en el 2009 el Premio Especial La Rosa Blanca.
«Me declaro rotundamente un cazador de premios. Lo que no debe traducirse como que traicione mi escritura supeditándola a los concursos. Sólo que el escritor tiene apremios naturales, techo, familia… Y los premios permiten un respiro —nunca una tranquilidad absoluta—, aseguran una publicación bastante rápida y digna, una promoción distinguida y la tan vilipendiada remuneración económica. Demasiada seducción como para resistirse». Aunque aún hay unos cuantos trofeos que quisiera mostrar en sus vitrinas.
José Manuel Espino es presidente de la filial de Escritores de la UNEAC en Matanzas y desde hace más de diez años atiende un taller especializado en literatura para niños en la provincia. Expresa que «los talleres literarios son una dádiva que muy pocas veces se valora con absoluta justeza, quizás porque muchos los reducen a los encuentros-debate y escribir un solo texto como única finalidad. Pero su verdadera importancia radica en la posibilidad que ofrecen de confluir, actualizar y promover.
«Lo verdaderamente importante es la libertad con que se enfrente la realización de un taller y de ningún modo querer hacer una escuela a nuestra imagen y semejanza».
El momento en que llega la Feria del Libro se transforma en el promotor cultural por excelencia: «No creo en el escritor absolutamente puro, y para contaminarse no hay mejor momento que una feria.
«Ahí se derrumban las murallas entre autor y lectores de una manera arrasadora. Esos encuentros —y a veces encontronazos— serán motivación para la escritura del día de mañana. Únicamente en tal sitio de privilegio el escritor se reconoce como el río de Heráclito, y sabe que después ya no podrá ser el mismo. Más aún si el espacio es el Pabellón Infantil, donde lo mismo se puede salir con vítores de entusiasmo que con una pedrada», dice.
Casi al final de la charla, Espino se atreve a mencionar los tres libros más importantes para él: «Sin lugar a duda, «Rantés vive en la otra puerta», que fue verdaderamente una revelación, aún puedo revivir el momento en que lo fui modelando; posiblemente «Chico» —mi primera obra de teatro admitida, a pesar de que notables dramaturgos insisten en la existencia de alguna de cuyo nombre no quiero acordarme—; y tal vez «Alí Babá y las 40 ilusiones», libro de libros, exploración inquietante porque un clásico para niños es sólo aquel libro que releen con absoluta fidelidad los adultos. Pero no olvides que mañana podría darte una respuesta muy diferente».
Respondiendo a cómo se caracterizaría, manifiesta: «Sería fácil dejarse deslumbrar por el bello concepto que propone un niño grande que ama escribir para otros niños; pero en verdad, me gustaría que me consideraran poeta, narrador, dramaturgo, porque he intentado expresarme en cada uno de esos géneros y sacudirme del fantasma que significa ser sólo “un escritor para niños”».
Quienes le tienen por amigo saben de su preferencia por el ajedrez, los almuerzos “lezamianos”, los carnavales que reúnen a otros amigos frente al dominó y de la eterna propensión al chiste inteligente: «Comicidad desbordante que lo autentifica como un sello de garantía para hacer llevadera la reunión más insufrible.Por Christian Caballero Casa, estudiante de Periodismo

Espino, en Venezuela, con colegas y un intérprete de Simón Bolívar










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