Recuerdo que en la academia los profesores destacan el valor de las personas, organizaciones, organismos, entidades e instituciones que suministran datos básicos para el trabajo periodístico.
Hoy realmente valoro más el esfuerzo que tiene que hacer un periodista para acceder y encontrar la información en la fuente.
Por suerte no siempre es igual; pero puedo asegurar que todos los periodistas conocen de esta odisea que quiero hoy compartir con ustedes.
Todo comienza por una llamada telefónica, al directivo o a la persona capacitada que puede dar la información. Y por lo general, siempre la secretaria responde: ¨está reunido y no tiene hora para terminar¨.
No pierdo tiempo y me presento en el centro. Amablemente, les explico a los trabajadores de la recepción la importancia y el valor de la información que busco, para motivarlos con la causa.
Hasta que finalmente, alguien decide localizar al directivo para que me de la entrevista. Paso a la oficina y observo disimuladamente que no existe vestigio de reunión alguna.
Y antes de sentarme salta la famosa pregunta: ¨ ¿qué quieres saber? ¨ en ese momento vienen muchas dudas a mi mente, pero aterrizo en mi trabajo y trato de ser muy precisa.
Así se inician: las consultas a superiores para saber qué información es la que pueden dar, cuestionamientos para analizar si mi trabajo es factible o no, palabras dudosas y manidas y el singular discurso convertido en trabalenguas
Decido terminar la entrevista y por qué no, también agradezco por hacer un espacio en su complicada agenda, aunque fuera para hablarme un poco más de lo mismo.
Por el camino hacia el medio de prensa reflexiono: ¿Por qué tiene que aguantar, la vieja grabadora informaciones banales? ¿Vale la pena sacar la entrevista? ¿Esto es lo que quiere saber el pueblo?









