En una sala de Oncología la esperanza siempre tratará de imponerse a la tristeza. Para muchos, cuando se escucha la palabra cáncer es como si se declarara el final irremediable. Ante el diagnóstico pocos ven una salida, todo se torna oscuro, desesperanzador, como de muerte… Sin embargo, en una sala de Oncología es donde más palpitan las ganas de vivir.
Y de esas ganas de aferrarse a la vida, de abrazarse a la luz de la existencia, sabe mucho la doctora Edadny Medina Carabeo, quien se desempeña como especialista en Oncología desde el 2009.
De pequeña sabía que estudiaría medicina, y al cursar el quinto año se decidió por esa especialidad. Su vocación cristiana le allanó el camino. De antemano conocía de las angustias que padecen estos enfermos y quiso entregarse en cuerpo y alma para ayudarles.
”Su sufrimiento es, en todos los sentidos, físico y mental, se trata de una enfermedad que cambiará su vida para siempre”, comenta la doctora.
“Cuando a una persona le mencionas la palabra carcinoma lo primero que piensa es en la muerte, no siempre logra ver una esperanza o posibilidades reales de cura”.
Y mientras se le escucha uno entiende el porqué orientó su vocación al estudio de tan difícil enfermedad, allí, donde según ella era más necesaria como doctora, donde más vulnerables son los enfermos.
Mas, no fue cosa fácil. No bastaba con su decisión ni el apoyo de un poder superior. Desde hacía cinco años la carrera no llegaba a la provincia, por lo cual se sabe dichosa. Asegura que disfrutó el reto de cursar los estudios en La Habana donde se agenció de todos los conocimientos y prácticas necesarias.
El 2009 marca sus inicios como Oncóloga. Fueron tiempos difíciles por se contaba con pocos especialistas de esa disciplina en Matanzas. Recuerda que en el 2014 se vio sola atendiendo a decenas de personas. Por su entrega a los enfermos le sobrevino un padecimiento severo, muchas veces dejaba de almorzar, lo cual le provocó un reflujo gastrosofágico.
Hoy las cosas han cambiado para bien. Con la apertura de la docencia en nuestro territorio habla entusiasmada de la nueva incorporación de jóvenes a la especialidad.
Tal decisión permitirá perfeccionar la relación médico-paciente. La vorágine de trabajo es muy grande, en ocasiones ha consultado hasta 40 personas en una jornada, de ahí la importancia de que se incorporen futuros colegas ya que ella ansía siempre dedicarle más tiempo a cada caso en particular.
Sobre lo difícil de ese padecimiento la doctora manifiesta que sufre cada caso que llega a sus manos, y nunca se adaptará a perder a un paciente.
Aunque a veces su pesar crece si se trata de alguien muy joven, pero siempre busca fuerzas, se repone y consigue mostrar una sonrisa sincera para que los aquejados logren ver que no todo está perdido. Su gran amor a la profesión le permite contar con un doble plan de salvación: con sus conocimientos de doctora combate la dolencia y su espiritualidad refuerza la confianza de los afectados.
Pero la mirada se entristece cuando recuerda con nombre y apellidos a algunos casos que apenas gozaron de recuperación por el avance inexorable del padecimiento, ese dolor viaja con Edadny y ha aprendido a vivir con él, y a superarlo. En su consulta siempre se encontrará un rostro diáfano y transparente como el agua.
Sabe la doctora que a los dolientes que llegan a verla les urge el amor y la compresión. “Es cuando más necesitan del apoyo de la familia, de las dulces palabras, porque sus sistemas inmunológicos se deprimen, a ello súmele los rigores de la quimioterapia”.
La fuerza interior de esta doctora permanece inamovible y en el calor de su hogar siempre recobrará las fuerzas. Cada final de agotadora jornada, después de trasponer las varias cuadras de la empinada loma de la calle Navia, en Versalles, le recibe la alegría de su hijo y una sonrisa le brota desde adentro la que le servirá de aliento y fortificará la esperanza. (Por: A









