El pasado martes 22 de noviembre, cuando el periódico Girón, celebraba sus 56 años de fundado, me estremecí ante una fotografía publicada en nuestro sitio web gracias a la magia de la digitalización. Figuraba en ella la imagen inconfundible de Fidel, quien, con varios ejemplares sobre su regazo, parecía imbuirse dentro de las páginas de Girón.
Desde ese día sentí más intensa mi necesidad de revisar cada letra, cada coma, cada idea materializada en esas páginas de blanco y negro que jueves por jueves se tornan públicas.
Tres días después Fidel volvió a estremecerme, pero esta vez con su adiós inesperado. Me estremeció la idea de que el Fidel que conozco solo será aquel representado en mi mente. Aquel que construí a partir de retazos de la memoria colectiva, de libros titulados con su nombre, de sus discursos inmortalizados por el lente de una cámara.
¿Cuál es mi Fidel?, pregunta una voz dentro mí. Y mediante esta crónica casi malograda intento responder.
El Fidel que conozco es el joven de mirada apacible y a la vez el señor de imagen quijotesca. Es el guardián de los oprimidos, el soldado contra los imposibles. El reparador de sueños que describiera Silvio Rodríguez en su homónima canción.
Aun cuando se le escapó a la muerte en más de 600 oportunidades, aun cuando cumplió 90 años, la vejez no le arrebató la hidalguía. Fidel lucía como un guerrero curtido con la experiencia. El luchador del formidable chaleco moral. Su voz lograba paralizar, convocar. Su voz levantaba el grito de todo un pueblo.
El dedo fino y alargado todavía era el dedo acusador. Como en una danza en el aire, el índice señalaba lo oscuro, denunciaba, guiaba.
Fue el mismo dedo que más de una vez sirvió para indicar a quién haría la próxima pregunta. Porque era el sabio de curiosidad insaciable. Nunca se le acababan las interrogantes y más de un periodista terminó siendo entrevistado por él.
Aunque sin dudas fue hombre de hechos, era un maestro de las palabras, el arquitecto de las mejores alocuciones, el estadista que cosechaba aplausos en cualquier escenario, incluso cuando solo intentaba sembrar conciencia, no fama.
Desafiaba a los especialistas de la televisión, más bien a aquellos teóricos que apostaban por la brevedad de los discursos. En cada casa de Cuba, los televisores se apagaban luego de la última palabra de Fidel. Hasta los escolares podían quedar enternecidos frente a las pantallas por más de dos horas.
Para los niños, Fidel no solo era el Comandante, Fidel era también el amigo, el gran abuelo. Quizás, explícitamente, nunca se propuso serlo. Pero se lo ganó. Porque fue el hombre que detenía su agenda para preocuparse por la salud de un trabajador o de una embarazada, o para recibir el abrazo de un pequeño que conociera en habituales viajes por los recodos de Cuba.
La misma Isla que lo vio siempre orgullosa con su barba, símbolo de rebeldía eterna. Por eso Cuba debe ser por siempre un caimán barbudo.









