Desde hace exactamente 33 años, a la maestra Liliam Padrón Chávez, bailarina, coreógrafa y directora de Danza Espiral, le asaltó una idea perdurable: crear talleres de verano para niños y jóvenes e imbuir también en ese inefable espíritu de la danza a los padres.
Y así, paso a paso, fueron creciendo saberes hasta entonces inexplorados acerca de la danza contemporánea en Matanzas, ciudad donde el ballet clásico había enseñoreado su reino desde mucho antes.
Sin embargo, confiesa Lilita que el primer taller juvenil comenzó en una etapa diferente al verano. Luego del cierre por restauración del Teatro Sauto, sede habitual de la compañía, las circunstancias obligaron a mantenerlo solo en la etapa estival.
“Si algo ha complejizado la constancia de estos talleres es la falta de una sede permanente. Para mí resulta difícil dicha instrucción sin espacio estable”, afirma la prestigiosa danzarina.
“La cruzada teatral, por ejemplo, fue una idea surgida al calor de estos talleres, porque hemos propiciado presentaciones ante un público muy heterogéneo y desconocedor, pero cálido a su vez. Estas salidas siempre han estado dedicadas al natalicio del Comandante en Jefe, efeméride de elevada trascendencia para nosotros.
“Y los escenarios de la cruzada han sido diversos: la sede de la Asociación Hermanos Saíz, la plaza de la Vigía y el poblado de Cayo Ramona, en el municipio de Ciénaga de Zapata. Cada lugar deja una impronta en los muchachos.
“La reciente visita al museo de Playa Girón amplió el horizonte cultural de todos, porque compartir lo que aprenden también forma valores humanos. De ese alejado territorio han surgido bailarines como Isvel Bello, oriundo de Caletón.
Insiste Lilita en que cada locación le aporta madurez al repertorio y mejor desempeño en la escena, lo cual a la postre repercute agradablemente en los resultados individuales. Admite que este proyecto de Danza Espiral ha encontrado cauce seguro gracias a la labor de los docentes.
“Tan valioso como la experiencia de Geisys González y Enrique Leyva fue la conexión de jóvenes como Carlos Daniel Navarro y Roxana Chávez. Ellos se ofrecieron para impartir clases y crear obras coreográficas. Lo aprecio como un acto de bondad, virtud que debe caracterizar a los artistas.
“Destaco además el apoyo de bailarines y profesores de Afrocuba, en especial de Antonio Figueroa, cuyo inestimable apoyo divulgó el folclor matancero. Por eso fue gratificante cada experiencia y el intercambio con vecinos y pobladores de los Consejos Populares. Ello despierta desde temprano la vocación hacia las artes”.









