Fruto de sentimientos profundos del amor, la amistad y la vida, un ser humano vino al mundo en uno de los momentos más complejos en la vida profesional de una pareja cubana.
El 13 de agosto de 2002 se consagró como la fecha del alumbramiento, pero la madre añosa, los márgenes de error de la genética y los cálculos de las abuelas y amigas, propiciaron la cesárea un mes después.
Un hermoso bebé llegó para alegrar a la familia, principalmente a Julio Ernesto, quien a los diez años reclamaba con insistencia el disfrute del amor de hermano.
Y el mayor reto ocurrió el día de la inscripción en el Registro Civil, ¿cómo se llamará el niño?, preguntó la letrada. Fidel Alejandro, respondieron los padres a coro. Sí, el pequeño se llamará dos veces igual al Comandante en Jefe.
El niño creció cobijado por el amor familiar, de los amigos, sus compañeros de aula y los pillines del barrio, pero sus padres aseguran que la personalidad del adolescente la distinguen la tozudez, el afecto, la inteligencia, el sentido de protección a los desvalidos, la bondad…
Sus padres y hermano se ufanan porque la educación recibida y el amor premiarán el carácter de aquel niño que vino al mundo signado por el mayúsculo nombre del Jefe de la Revolución Cubana.
La varilla de Fidel estará siempre en permanente desafío a las alturas, porque la estatura del Líder es el salto al que todo joven guevariano debe aspirar.
Y Fidel tendrá que empinarse, crecer, experimentar, explorar, amar, perder y triunfar porque como todo mortal la ascensión a la cima le cuesta una vida a cualquier hombre digno. (Por









