Mi hermano tiene 16 años. Aun recuerdo el día de su nacimiento, la mañana en que llegó a casa y sus primeros pasos. Puedo evocar sus travesuras y juegos. Se dibujan en mi mente instantes hermosos, momentos alegres y otros tristes también.
Muchas cosas han ocurrido en estos años. Lo he visto crecer y convertirse en el adolescente que es hoy, con inmadureces e incompresiones naturales de la edad, pero también con un corazón y sentimientos muy grandes.
Comienzo con esta evocación familiar, pero el tema que me lleva a ella no es precisamente mi familia, sino otras que los últimos 16 años han sufrido el dolor que causa en lo más profundo de los carazones la distancia.
Este 12 de septiembre se cumple otro aniversario del encarcelamiento de Gerardo, Antonio, Ramón, Fernando y René, los dos últimos afortunadamente de regreso a la Patria. Por estos días los medios de comunicación se hacen eco de las campañas que en todo el mundo se desarrollan por el regreso a sus hogares de los 3 que aun continuan prisioneros.
El tema es sin dudas abordado desde la política, por la posición hostil que a lo largo de la historia ha mantenido el gobierno norteamericano con respecto a la Isla.
Pero en días como este no puedo pensar en gobiernos, presidentes o medidas. Otro 12 de septiembre y mi mente está con el dolor de esos hijos que han crecido sin sus padres, de las esposas que sufren la frialdad del lecho y las madres que solo han podido disfrutar de un abrazo entre barrotes.
Pienso también en el dolor de esos hombres todos estos años lejos del calor familiar, el abrazo cariñoso de sus seres queridos y la ausencia de un beso de buenos días.
Creo entonces que 16 años es demasiado tiempo para estar ausente…
No puedo evitar el dolor de esas familias, la pena que representa estar distante. No puedo dar atrás al reloj para que recuperen el tiempo perdido. Pero lo que si puedo es hacerme cómplice de ese dolor, sentirlo tan mío como sería capaz de sentir la pena de tener a mi hermano de 16 años, alguna vez lejos.









