Allí donde el río San Juan besa la bahía matancera y el puente Tirry recita poemas al viento hay una pequeña editorial que descubrió cómo materializar los sueños a través de las manos.
Ediciones Vigía surgió como una iniciativa de la Dirección Provincial de Cultura en 1984 de crear una Casa del Escritor, un espacio con máquinas de escribir, papel y una biblioteca para que los autores escribieran allí sus textos.
A fines del propio año, asumió la presidencia Alfredo Zaldívar, escritor y promotor cultural por naturaleza, quien se percató de que la iniciativa no estaba atrayendo a los literatos y decidió darle un vuelco al lugar. Para ello comenzó a hacer invitaciones diferentes donde agregaba fragmentos de poemas o canciones para convocar al público. A partir de ese momento se dio cuenta que tenía muchas opciones de trabajar el mimeógrafo.
El 25 de abril de 1985 en lugar de una invitación hizo una especie de folleto de dos hojas donde pone un poema de cada autor que iba a participar en un recital de poesía y por primera vez utiliza el nombre Ediciones Vigía.
Después de eso vinieron los pergaminos, el papel cartucho donde se escribieron los textos y se amarraron con hilo hasta que surgieron los primeros libros.
“Ediciones Vigía surgió por obra del azar y luego se convirtió en un desafío, en una necesidad de superarnos a nosotros mismos y creció porque le dio la libertad a los escritores de reflejar en sus obras todo cuanto pensaban, todas las problemáticas que los aquejaban sin poner barreras, además del afán de su creador por impulsar esta iniciativa”, confesó Agustina Ponce, directora del proyecto desde 1999.
En la década de los 90 Eliseo Diego, poeta querido y admirado por todas las generaciones de lectores, participó como jurado en un Encuentro Debate de Talleres Municipales y visitó la editora. Esta causó en él una impresión tan grata que llegó a La Habana contando lo que había visto y comenzó a colaborar con textos. Luego se sumaron los origenistas Cintio Vitier y Fina García Marruz quienes apadrinaron el proyecto impulsándolo a la cúspide del éxito. Además, cuando Eliseo ganó el Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo en 1993 invitó como editorial a Vigía, catapultándola a escenarios internacionales.
“En la última década se ha multiplicado el reconocimiento de la editorial y se han insertado nuevas voces estableciéndose una especie de coexistencia entre las generaciones diversas que se confrontan y querellan aquí, pero esa lucha nos hace crecer”, aseguró Agustina.
No obstante los nuevos tiempos, se mantiene la esencia fundacional de las publicaciones: se fabrican doscientos ejemplares de cada título, el símbolo sigue siendo el quinqué, se le da un ejemplar a cada trabajador de todos los libros y se incluye sus nombres en la página final. Además, no se reedita ninguna obra.
El nombre de la editorial se le atribuye a la ubicación del lugar en la Plaza de La Vigía y al hecho de que desde la planta alta se aprecia en su extensión la bahía matancera. Además el símbolo del quinqué representa la luz, y no puede haber un vigía sin luz.
El colectivo de la editorial es portador de un vínculo afectivo con la misma que los lleva a permanecer horas recortando y pegando, el sentido de pertenencia es fundamental para garantizar la calidad del trabajo y es lo que permite a estas personas hacer de los libros verdaderas obras de arte.
Vigía es un celador de la ciudad, de los sueños y la idiosincrasia de los matanceros, a través de la literatura. (Tomado periódico Girón)









