Cada día abren sus puertas con los primeros rayos del sol. Un enjambre de niños bulliciosos corre por sus pasillos hasta llegar al salón donde esperan, siempre con sonrisas dibujadas en los rostros, las educadoras.
Así comienzan todas las jornadas de lunes a viernes y de enero a enero, en los círculos infantiles de Cuba. Ese lugar donde tantas madres encontramos la confianza de trabajar, mientras nuestros hijos están a buen resguardo.
Pero hoy no hablaré por todas, sino por mí. Porque creo que esas personas que con amor cuidan cada día a mis dos pequeños, merecen unas palabras de agradecimiento.
Desde que comenzó a crecer en mi vientre la primera semilla de vida, supe enseguida que un día, para poder reincorporarme al trabajo, debería poner la educación y cuidado de mi hijo durante el horario laboral, en manos de otras personas.
Como madre primeriza al fin tuve mis dudas sobre cuál sería la mejor opción, pero 2 años más tarde estoy segura de que ha sido una excelente decisión incorporar a mis hijos al círculo infantil.
Puedo decir que se tragan buches amargos en los días de adaptación y los que a esta subsiguen. Es fuerte tener que desprenderse de ellos y dejarlos llorando, en ese proceso en el cual están familiarizándose con la institución.
Pero como por arte de magia pasan las semanas y los meses, y para mi sorpresa son muchos los días en los que recojo a mis hijos, también envueltos en lágrimas, pero porque no quieren irse a casa. En ese momento reflexiono, pienso en la sinceridad y transparencia de los niños y puedo entender cuán felices son allí.
Me sorprendo también al ver cómo el lenguaje, la expresión oral y los conocimientos se les desarrollan en su andar diario. Y como exigen también ir a ver a sus educadoras cuando algún proceso de enfermedad les impide asistir por algunos días a su salón infantil.
Canciones, colores, números, buenos modales, todo eso y más aprenden mis hijos en el círculo infantil. Y es de agradecer la paciencia y el amor con el que quienes allí laboran dedican la mayor parte del día a cuidar de ellos.
Quisiera mencionar sus nombres, pero no sería justo. Mi agradecimiento es eterno para ellas, pero también para quienes desde cualquier rincón de este municipio y país se dedican con amor a una labor tan hermosa.
Mi gratitud llegue en este día que celebramos 57 años de la creación de los círculos infantiles a quienes enseñan en los salones, elaboran los alimentos, limpian locales y pasillos y también para quienes desde la responsabilidad de dirigir, velan porque la sonrisa de los niños, así como el sol, no deje de brillar nunca.










