Con la felicidad del triunfo regresaban a la Patria, ansiosos por abrazar a sus padres, por besar las mejillas de sus hijos, por dedicar a su presidente cada una de las victorias. Pero la mano cruel del terrorismo acechaba constantemente a su tierra, y aquel día, osó señalarlos.
Las aguas acogieron en su manto a esos campeones de la esgrima, a esos sueños jóvenes que quedaron truncados por mercenarios, apátridas que fueron absueltos por la muerte, sin pagar tanta desidia.









