¿Cómo encuentro las palabras un día como este para hablar de poesía? ¿Cómo, si no hay adjetivo capaz de una descripción precisa y clara?
Cual torrente sanguíneo en las venas, fluye la magia de la poesía por cada escondrijo de la imaginación. No hay caminos difíciles en su andar, ni rimas imposibles, ni sueños inalcanzables.
El poeta es un ser especial, afortunado de tener en las entrañas una semilla de estrellas ansiosa por germinar. Un sin fin de colores desesperados por convertirse en arcoiris. Y es que así es la poesía, inexplicable, mágica, imperecedera.
Lo dijo el maestro, aquel que habló de todo lo existente y pensó en cada átomo del universo. Dijo que los pueblos han de cultivar a la vez el campo y la poesía. Que los huesos de los poetas dan virtud especial a la tierra que los cobija.
Entonces moriremos orgullosos, porque esta ciudad con apellido de almirante han sido madre de grandes poetas y procreadora de incontables poesías.
Y como un fruto que no cesa de germinar, como la lluvia que hace sonreir a las flores, como la brisa que susurra en nuestros oidos, será eterna la poesía.
Y en este, su día mundial, aquellos que dedican horas a la dicha de escribir, los que sueñan con palabras y con versos, los que han sido amanecer en medio de la noche, pronunciarán con gozo las palabras de Dulce María Loynaz: Es bello poder decir: Mi vida será luz. Y arrancar el sol y clavárselo en el pecho.









