En estos tiempos en que no falta la doble moral, gente que habla mucho y poco hace, no resulta ocioso regresar sobre la vida del Che Guevara. Hoy, como nunca antes, se precisa la llegada del Hombre Nuevo.
Pero más allá de la pertinencia de la utopía que enrumbe nuestro camino en la persecución de convertirnos en mejores seres humanos, de impenitentes anhelos de justicia, no debemos cejar en la construcción de ese ser, aunque nos parezca de los tiempos futuros, como bien calificara Fidel al propio Che.
Quien me lee seguramente se habrá amilanado una que otra vez ante los días que corren por tanta blandura de conciencia, y es allí donde más adusta se nos hace la mirada del Che y ese porte mesiánico de predicador de revoluciones. Por suerte, aunque lo hayan querido canonizar, nunca alguien fue tan humano y tan real como ese argentino-cubano.
Su milagro más grande fue existir y echar su suerte junto a nosotros. Gozamos los oriundos de esta Isla del raro privilegio de contar en nuestras filas de sempiternos de la utopía con un hombre de la talla colosal e incalificable del Guerrillero Heroico.
Un ser de alma límpida y transparente, incorruptible como los revolucionarios auténticos. Necesitamos al Che, a su figura, como los peces al agua y las aves al aire, pero no para ser como él, empresa casi imposible, más bien para realizar cada día un ejercicio de introspección y determinar las buenas acciones de las malas, y reconocer cuándo nos falla ese motor interno que impulsa al verdadero combatiente capaz de realizar las grandes hazañas, y las pequeñas, casi imperceptibles que conforman nuestro día a día. Se trata de la autocrítica sincera con nosotros mismos.
Guevara nos dejó las coordenadas precisas para desembocar en esa condición que enaltece el alma de hombres y mujeres plenos: ser revolucionarios.
Más que mencionar sus hazañas, admirar su heroísmo, sentirlo cerca, urge como nunca antes actuar según sus preceptos. Actuar fue de sus mayores virtudes.
Las palabras siempre iban a la zaga si se trataba del argentino, eran la sombra tras el reflejo de la luz de sus acciones.
Él nunca dijo: “hay que hacer”, llegaba primero y hacía, y ese ejemplo, en ocasiones, da la impresión que nos falta.
Algunos pueden alegar que la necesidad del Hombre Nuevo es cosa del pasado, pero los valores que propugnó el Che no tienen fecha de caducidad: desinterés, ejemplaridad, entereza, sinceridad, honradez… y la lista se hace interminable.
En el Che hallamos todas las virtudes que se requieren hoy: hacer suyo el sufrimiento ajeno y decir lo que se piensa sin esperar aplausos del auditorio. Vale destacar que en los tempranos años 60, el teórico que también fue, logró vislumbrar el final de la Unión Soviética. ¡A más de uno alarmaron sus palabras! Así lo pensaba, y tal afirmación no nació de un arranque de pasión, sino fruto del estudio constante.
A través suyo se podía ver, su accionar hablaba por él. A ratos me pregunto qué hubiera escrito Martí si hubiesen coincidido en la lucha. Siempre tan lúcido el Maestro si se trataba de describir el alma de los hombres.
Atemporal y necesario. Así lo describiría yo. A veces temo que se convierta solo en la foto distante de rostro agraciado, que para algunos solo sea aquel ejemplo inalcanzable que no siempre conviene imitar.
Mas, porque molesta su ejemplo es que sigue naciendo, incluso, en los lugares más insospechados. Un cadete de una Academia Militar norteamericana muestra con orgullo un pulóver con el rostro del Guerrillero en el momento de su graduación. La noticia saltó a los planos internacionales, y aunque muchos ceños seguramente se fruncieron en aquel país, a nosotros nos muestra que el Che sigue vivo, siempre vigente, siempre necesario. (A









