No creo en premoniciones. Su confesión de años atrás, contada casi en susurro, en un ambiente perfumado por el galán de noche que embriagaba su casa, me martillaba desde hacía días: No creas otra cosa, los momentos dolorosos, son los únicos que desgranan buena poesía.
Resueltamente me vi ante la inmensa puerta blanca que marcaba la calle Tirry número 81 y, para sorpresa nuestra, nos reciben en casi una suerte de reproche, como si llegase tarde a una cita. Carilda, ataviada en un ligero vestido negro de hilo; nos escruta desde su sillón favorito junto a una foto en la que Fidel y ella se funden en un abrazo de viejos conocidos, de cómplices que son toda felicidad.
La novia de Matanzas, de la que hemos aprendido a interpretar su silencio, se debate por unos minutos entre dar lectura a unas declaraciones escritas con anterioridad, o abrir sus venas al sentimiento. Y era de esperar que un alma poseída sin remedio por la poesía, un alma que se arraiga a su suelo natal tanto como la palma al suelo cubano, termine por desgranar el mejor de los lenguajes.
“Siempre le vi, casi volando; que no rozaba la tierra en sus momentos mágicos de amistad, de amor, de cariño, de entrega a Cuba, a los cubanos. Héroe sin saberlo nunca, gigante de los pobres. Manso y rudo, enérgico y suave; delicado y atormentado. Valiente y revolucionario. Organizando siempre a los pobres, levantándolos”.
“Cuando lo conocí tenía diecisiete años y ya era Fidel, Fidel Castro Ruz. Siempre lo fue. Y tuvimos un momento de comunicación que es irrepetible que no se puede contar, que no se puede decir nunca; porque no hay palabras -sollozos- para darle cabida. Fidel en sus momentos más importantes, cuando había que ser más serio que nunca; me abrazaba a mí, a una muchacha de pueblo, a una guajirita matancera como me decía él, que a la vez; era un guajirito oriental y nos reíamos.”
“El inventaba la alegría, sacaba de la tierra un jugo que ninguna planta daba. A Fidel, no se puede llorar por él, ¡no se ha muerto ¡ Está tan vivo como las palmas de Cuba, que fenece una y, ahí mismo nace otra. Y así es Fidel, que no tiene que volver a nacer, porque no se ha muerto”.
“Y como me confesó Fidel en un momento de patriotismo que: “el silencio es la mejor palabra”, te pido que nos perdones estas palabras interrumpidas por la emoción, porque es que a Fidel no le voy a ver nunca muerto, porque alegría, el patriotismo, al fe, la voluntad , el amor, nunca mueren.











